23 de marzo de 2007

Tipos de ansiedad. Crisis de angustia

Cuando una persona padece ansiedad, angustia, puede sufrirla de dos formas: o bien de una manera permanente o a ráfagas intercalándose con momentos de aparente normalidad.
Veamos los tipos de ansiedad con mayor detenimiento.

1. CRISIS DE ANGUSTIA (ATAQUES DE PÁNICO).
Es la aparición de ansiedad de forma repentina y en su nivel más elevado. No suele presentar síntomas previos, por lo que no hay manera de saber cuándo va a aparecer. Puede aparecer incluso durante el sueño, despertándose en plena crisis de angustia.
Estas crisis, el paciente, las vive como indicios de una muerte inminente. Su padecimiento se da a nivel físico con una serie de síntomas: palpitaciones, sudoración, respiración acelerada, presión en el pecho, sensación de ahogo, mareos, molestias digestivas y/o nauseas, aturdimiento, palidez, etcétera. La sensación de presión en el pecho, puede llegar a ser doloroso, notando un fuerte dolor en el pecho. También hay otro tipo de síntomas como el miedo a perder el control, a 'volverse loco', miedo a morir, desrealización, despersonalización y una sensación de extrañeza y de miedo muy intensas.
Las crisis suelen durar unos minutos aunque algunas veces duran algo más. Es tan intensa la sensación de peligro, sobre todo por las sensaciones que tiene de mal funcionamiento del corazón, que el paciente suele acudir a especialistas para buscar la causa de estas molestias, no quedandose tranquilo aunque el médico le verifique que su corazón funciona correctamente. Supone que algo tan intenso, con tanta carga de sufrimiento, es imposible que no tenga una correspondencia orgánica, que no tenga una enfermedad física grave detrás.

El temor a sentir ansiedad

Pese a que la respuesta de ansiedad es una respuesta común, normal, en nuestro organismo, a muchas personas sentirla les produce un temor especial. Cuando experimentamos esas sensaciones de respuesta de huida y/o ataque, nuestro cerebro busca insistentemente un peligro externo que explique dichas sensaciones (en las que las físicas son unas de ellas). Al no encontrar ninguna amenaza ni fuente de peligro, no lo entendemos el por qué de su aparición e interpretamos, entonces, que su presencia corresponde a un peligro físico inminente como podría ser: me estoy muriendo, va a darme algo (malo, desde luego), voy a perder el control, me voy a desmayar, etcétera. Es compresible el temor que se siente ante dichas interpretaciones de los síntomas que experimentamos y la imposibilidad de encontrar las causas que las provocan. A su vez este temor, que se traduce en miedo o pánico, va a generar más síntomas en nuestro sistema nervioso, por lo que va a producir más temor, creándose así una cadena: miedo, síntomas, miedo, síntomas.... Es lo que llamamos 'el círculo vicioso de la ansiedad'; círculo que se autroalimenta generando una escalada de síntomas hasta llegar, en algunos casos, al ataque de ansiedad (ataque de pánico, ataque de angustia).

Sería lógico preguntarse el por qué el sistema nervioso se activa y desarrolla esta respuesta de huida y/o lucha si no hay nada que realmente nos produzca temor o veamos como un peligro. Cuando, sin darnos cuenta, vivimos épocas de mayor estrés o tenemos estresores que acompañan nuestro día a día, esto puede activar el sistema hormonal aumentando la segregación de adrenalina, lo que va a provocar síntomas en el cuerpo teniendo en cuenta que aunque el estresor haya desaparecido, el organismo tardará algún tiempo en volver a encontrar el equilibrio, es decir, al desaparecer el estresor no desaparecen los síntomas de ansiedad al instante. Otro motivo por el que se pueden experimentar síntomas de ansiedad es por tener una respiración rápida, lo que va a provocar una hiper ventilación leve (a la cual nos hayamos acostumbrado) y la consecutiva producción de síntomas de ansiedad. Un tercer motivo es porque el cuerpo cambia y experimenta sensaciones. Al tener una vigilancia del cuerpo y de lo que se siente, estos cambio y sensaciones son tomados como indicios de algo más, con la consiguiente aprensión a notar cualquier cosa, lo que va a provocar miedo.

Por lo tanto, es imprescindible la información de cómo funciona nuestro sistema nervioso cuando se ha dado una respuesta de huida y tener claro que los síntomas que se experimentan son absolutamente inofensivos (aunque poco o nada agradables) y que si esto no lo tengo absolutamente claro, lo más probable es que el cuerpo aprenda que esos síntomas son en sí mismos una amenaza de peligro (al ser desagradable lo vivido, no quiero volverlo a sentir) por lo que va a volver a reproducir una respuesta de huida con el agravante que del cuerpo y de lo que se siente, no se puede escapar, entrando en el ya nombrado 'círculo vicioso de la ansiedad'.

9 de marzo de 2007

¿En qué consiste la respuesta de huida?

La ansiedad es una respuesta de nuestro organismo ante situaciones de peligro y amenaza. La forma que tiene nuestro cuerpo para prepararse para responder ante ese 'ataque' es activando el sistema nervioso.
El sistema nervioso tiene dos partes: el sistema nervioso simpático y el parasimpático. El primero, el simpático, es el encargado de poner en marcha todos los dispositivos que poseemos para hacer una rápida respuesta de huida (o de ataque, si así fuera preciso). Así aumenta el ritmo cardiaco para conseguir aumentar el caudal sanguíneo y llevar más oxigeno a las zonas que van a entrar en acción: nuestros músculos. Va a acelerar nuestra respiración para aumentar la cantidad de oxigeno en sangre, dilatando ciertos vasos y dejando sin tanto flujo sanguíneo ciertas zonas que no van a entrar en acción: nuestra piel (siendo además una forma de protección porque si realmente fuéramos agredid@s, al tener menor flujo de sangre, nuestras heridas sangrarían mucho menos) y nuestros dedos (por ello somos menos conscientes del dolor o de habernos herido) lo que provoca cierto hormigueo en estas zonas. Al aumentar nuestra respiración y oxigenar ciertos músculos, vamos a sentir una sensación de ahogo e incluso cierta presión en el pecho a la vez que cierta sensación de mareo, visión borrosa, confusión y oleadas de calor. Aunque muy molestas, ninguna de ellas es expresión de nada grave. También aparecen otras sensaciones que provocan menor alarma: sudoración, dilatación de las pupilas, sensación de calor, nauseas, estreñimiento, etcétera. Es decir, para realizar una respuesta de ataque y/o huida, nuestro organismo se prepara en su totalidad.
Fisiologicamente también se dan unos cambios: las glándulas suprarrenales (situadas en los riñones) segregan gran cantidad de adrenalina y noradrenalina para que son los mensajeros químicos encargados de activar y mandar el mensaje a todo el cuerpo.
Una vez el cuerpo se ha activado, hay dos formas de volver a la calma:
1) Estos agentes químicos son destruidos porque ya no son necesarios.
2) Se activa el sistema nervioso parasimpático el cual tiene efectos contrarios al simpático. Es el encargado de la respuesta de relajación y calma.
En ambos casos el cuerpo requiere de cierto tiempo para recuperar el equilibrio y la sensación de bienestar (aunque la sensación también sea de cansancio y fatiga por toda la energía y actividad realizada durante la respuesta de ataque/huida) pero es importante recordar que la ansiedad, todas las sensaciones que tiene, no pueden eternizarse ni llegar a límites dañinos para el organismo. El parasimpático es un regulador del simpático para que éste no se extralimite y fabrique una respuesta tan intensa que fuera lesiva para el cuerpo. Así pues, aunque la ansiedad tiene unas sensaciones desagradables, hay que saber que tienen final y un final sin consecuencias a tener en cuenta.

Grupos de estresores

Se podría hablar de distintos grupos de situaciones capaces de activar nuestro sistema nervioso, es decir, capaces de producir en nuestro cuerpo una respuesta de huida, de ansiedad. Nos centraremos sólo en los estresores negativos, es decir, cambios o situaciones que etiquetamos como negativos.

Un primer grupo lo formarían aquellas situaciones que a toda la humanidad le provocan una parecida respuesta de huida y el no tenerla, implicaría poner nuestra vida en peligro. En este grupo estaría el fuego, los animales salvajes, etcétera.

Un segundo grupo serían aquellas situaciones que en nuestra cultura sabemos que son peligrosas y que ponen en peligro nuestra integridad física y/o psíquica. Por ejemplo oír un chirriar de ruedas (un frenazo), ver cerca de nosotr@s una persona con un arma en las manos, etcétera.

Un tercer grupo lo formarían aquellas situaciones que ponen en peligro mi integridad física, pero sólo a mi. Si tengo alergia a las picaduras de abejas con posibilidad de sufrir un choque anafiláctico, cuando vea una de ellas, mi respuesta va a ser de huida.

El cuarto grupo lo formarían aquellas situaciones que pese a que objetivamente no ponen en riesgo mi vida ni mi integridad física y/o psíquica, las vivo como amenazantes, mi sistema nervioso se activa y su respuesta es de huida como si de ello dependiera mi vida. Este es el grupo de miedos irracionales. No somos conscientes de cómo engrosamos esta lista pero el hecho es que puede incrementarse con nuestros temores e ideas negativas que nos causan miedo. Este grupo debe ser lo más reducido posible y mejor si es inexistente para que en nuestra vida las elecciones y opciones sean tomadas con libertad y desde el 'quiero' y no mediatizadas por nuestros miedos y por nuestros 'no puedo'.

Muchas investigaciones al estudiar los estresores los dividen en físicos, sociales y psicológicos. Los físicos serían el ruido, las toxinas y cualquier sustancia que realiza un impacto en nuestro organismo. A no ser que sea muy severo, el organismo puede adaptarse bien a este tipo de estresores. Los sociales provienen de nuestra interacción con las personas de nuestro entorno. Los conflictos con los demás suelen ser fuente constante de estrés pero al ser externos, suelen estar bastante bien controlados. En cambio los estresores psicológicos están en nuestro interior y comprenden todas las emociones como el miedo, la ansiedad, la autocompasión, los celos, etcétera. Estos sentimientos internos son grandes estresores y cuando se cronifican o intensifican, suelen ser más dañinos que los estresores físicos. La activación emocional es una forma muy lesiva de estrés. Ante ella, nuestro organismo se prepara o bien para luchar o bien para huir, como lo hace con cualquier estresor.

Aunque muchos estresores son incontrolables, no cabe duda que podemos ejercer bastante control sobre nuestra interpretación, nuestra forma de pensar aquellas situaciones que vivimos, por lo tanto, podemos ejercer cierto control sobre nuestra activación emocional, aliviando a nuestro cuerpo su respuesta ante el estrés.

1 de marzo de 2007

¿Qué es el estrés?

El estrés es una respuesta compleja de nuestro organismo ante un estimulo, un estresor o una situación. Es una respuesta habitual y normal dado que es el esfuerzo que realiza nuestro cuerpo ante cualquier cambio o demanda de nuestro ambiente. No sólo aparece cuando lo que sucede es negativo, sino que también aparece cuando esos cambios de nuestra vida son etiquetados y sentidos por nosotr@s como positivos. Así son denominados estresores, por ejemplo, el matrimonio, los viajes, los cambios de domicilio, los cambios de trabajo, el nacimiento de hij@s, etcétera; también lo son los accidentes, las enfermedades, las situaciones de violencia, etcétera.
En una situación estresante el organismo lo primero que hace es presentar una respuesta de alarma. Si la situación continúa se pasa a una fase de adaptación en la que el organismo reorganiza el nivel de trabajo del sistema hormonal y del sistema nervioso. Si se prolonga excesivamente en el tiempo la situación estresante, el organismo entra en una caída, una ruptura del equilibrio, y por lo tanto pierde la flexivilidad a la hora de responder. Es decir, puede quedarse constantemente en la respuesta de alarma o ésta ser la respuesta casi habitual, y con intensidad, a cualquiera de los pequeños cambios cotidianos de la vida de una persona.
Por lo que nuestra meta no debe ser eliminar el estrés de nuestras vidas. Sería algo imposible. Sino llegar a tener un control adecuado del mismo.
Hay que recordar que el estrés no sólo viene del ambiente. También viene de nuestro propio cuerpo y de nuestros pensamientos. Esta última debe ser nuestra meta a la hora de controlar el estrés.